martes, 3 de febrero de 2015

Gervasio Méndez

GERVASIO MÉNDEZ
                                                           Por Luis Alberto Salvarezza

     Gervasio Bibiano Méndez, llamado el “poeta del dolor” e integrante de la Segunda Promoción Romántica Argentina,  hijo de Gervasio Méndez Casariego y Antonia de León, nació en Gualeguaychú, el 02.12.1843 y falleció en Buenos Aires, después de una larguísima postración,  a los 55 años, el 18.04.1897;  desde el año 1943 sus restos descansan  en su ciudad natal. De ahí lo que expresa Andrés Chabrillón: “Se ha cumplido el deseo de Gervasio Méndez. Sus restos descansan en tierra entrerriana, en Gualeguaychú, en esa punta del corazón que es geográficamente nuestra provincia[1].

                                              
    Esa ciudad que es “paloma blanca”, “el jardín más hermoso de la patria” y que enumera metafóricamente como  el “edén perdido”, el  “paraíso de (su) edad temprana”, el “nido de (su) amor y (su) inocencia”,  “nido sin espinas de (su) infancia”, “tierra hermosa, sembrada y rodeada de violetas y azucenas, de naranjos y acacias”.
   Esa ciudad que en la visión del romántico también será “querida tumba de (su) bien perdido”; porque “el monstruo de su destino” hizo temblar aquel edén y clavó en su carne su feroz colmillo; circunstancia por la que  insistirá en expresar  que “(su) cuerpo se halla / de muerte herido” //  “el sepulcro de mi cuerpo frío”.
    Autodidacta, sus primeros versos los publica hacia el año 1864 en el periódico “El Alba” y posteriormente en la “La Democracia”. También supieron de su inspiración “El País”, “La Regeneración”, “El Republicano”, “El Telégrafo” y “El Cóndor”, órganos periodísticos en cuyas páginas intervenía la juventud revolucionaria de Gualeguaychú.
    “Los primeros dolores de mis huesos –expresó- me hicieron comprender que no había nacido para guerrero”. Sin embargo alternó sus desempeños literarios y comerciales con los del militar; recordemos que hacia el año 1870 ingresa al Batallón “15 de Abril” que defendía su ciudad y la memoria del General Justo José de Urquiza (1801-1870) de la rebelión jordanista. Milicia posteriormente asimilada por el Ejército Nacional  y en la que revistó como Capitán.
   Fue receptor de rentas en Concordia.
   En 1876 se establece definitivamente en Buenos Aires, calle Paraná entre Charcas y Santa Fe, buscando paliativos para su enfermedad; lo hace bajo la asistencia de su hermana: Inés Méndez de Cufré.
   Allí, va cavándose otra tumba, y en el poema que dedica “A Buenos Aires” se siente: “Pelícano que el mundo ha condenado/ A arrancarse en pedazos las entrañas, / Cisne que el himno de la muerte entona, / Para arrullar su última esperanza”.
   Con motivo de la repatriación de los restos del General José de San Martín (1778-1850),  la comisión homenaje le solicita un poema; escribe, más allá de negarse inicialmente, el romance endecasílabo  que titula “A San Martín” y sobre el que expresa sin antes llamarlo -el becqueriano y doliente poeta inválido-, Arturo Berenguer Carisomo (1905-1998):  “…escasas cuarenta y ocho líneas que pueden acreditar el mérito de su templanza, la justeza de su brevedad y el decoro de no utilizar la figura del prócer para insistir en viejos y ya inútiles rencores, agitar cuestiones internacionales o hacer mérito de su nombre para explosiones de malhumorada ‘actualidad’ política[2].

  Retrato (dibujo en tinta) de Norma Frigerio que
 ilustra la Antología “Entre Ríos Cantada” (1955, p 21)
de Luis Alberto Ruiz .

    Dicho texto fue leído por Bartolomé Mitre y Vedia (1845-1900),  el 28.05. 1878 en el antiguo Teatro “Colón” ante el Presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda (1837-1885),  y un público significativo y altamente calificado. De ahí su repercusión.
   El 07.07.1878, completamente paralítico, aparece el primer número de su “Álbum del Hogar”, periódico en el que colaboraron Martín Coronado (1850-1919), David Peña (1862-1930), Rafael Obligado (1851-1920), Martín García Mérou (1862-1905) y otros escritores de calificada actuación.
      A su dolor físico se suma la muerte, el 30.12.1882, de su comprovinciano y  amigo de juventud,  Olegario Víctor Andrade; circunstancia comentada por todos su biógrafos, pues abandona su postración y aislamiento, acercándose hasta el lugar donde lo velaban  para colocar sobre su féretro una vieja corona de laureles obtenida en un certamen literario y expresar: “Condensada en mis lágrimas te dejo / Todo el triste poema de tu muerte/ Y este laurel que es símbolo de gloria,/ arrancado a mi sien para tu frente”.
      Luis Alberto Ruiz (1923-1987) expresa que su  obra  traduce un romanticismo “declinante y sombrío” que sólo  por ese “vivir muriendo que fue su existencia” es “merecedora de la estima de sus mejores contemporáneos[3];  valoración que coincide con la de “escaso valor” que le asignara Ricardo Rojas (1882-1957), quien también advierte que  al  transfigurarse como expresión de aquella existencia desolada; más allá del arte,  sus breves cantos adquieren el valor humano de la oración, del sollozo, del grito”, circunstancia por la que justifica  su repercusión.
    Méndez idealiza su pasado como sinónimo de “amor” y “el nombre de algunas mujeres” –que persisten, dice Rojas[4]-, y son receptáculo o claroscuro de su dolor; en esa poesía breve y amatoria es notoria la influencia de Heinrich Heine (1797-1856) y Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870): “¡Ah! qué noches tan tristes, / Amor de mi alma! / Qué tristes son las tumbas/ De mi esperanza!” // “Te ruego que cuando muera/ No derrames ni una lágrima; / Sufriría hasta en la tumba / De no poder enjugarla”.
    Su poesía fue recogida en volumen al año de su desaparición por iniciativa de María Isabel Costa y Mercedes Carrére,  con una nota-prólogo de Rubén Darío y el homenaje de otros poetas; la que fue costeada por el Gobernador de Entre Ríos, Salvador Maciá (1855-1929)[5].
   Innumerables instituciones y calles del país homenajean su trayectoria y vida.

              Retrato de Gervasio Méndez  (óleo sobre tabla de 25 x 36 – 53 x 61 cm. – propiedad del Museo Nacional de Bellas Artes – Buenos Aires) realizado en 1894 por Graciano Mendilaharzu (1856-1894), sobre el que se ha expresado “recuerda el de Stéphane Mallarmé (1842-1898) pintado por Édouard Manet (1832-1883) en 1876”;  a propósito,  recuerda Rubén Darío: “Hay un retrato   suyo en el Museo de Bellas Artes,  creo que obra de Mendilaharzu, en que la cabeza martirizada   se destaca, evocatoria,  diciendo toda una vida de sufrimiento indescriptible, sobre el cuerpo flaco, aún viva flor de  inteligencia  dolorosa  sobre un tallo momificado”. Que coincide con lo que expresó en “Recuerdos Literarios”  (1916), Martín García Mérou: “Sentado en su sillón de paralítico, envueltas las piernas en una manta de viaje, el cuerpo vestido  de una  tricota, la cabeza reseca, la cabellera desordenada, la tez macilenta, la boca grande, los carnosos labios ennegrecidos por el cigarro habitual y esa congoja de su corazón que gemía en    sus versos”.
                
                 
 
                  Escultura de Luis Perlotti (1890-1969) en el “Rincón 
                  de los poetas” de la Plaza Constitución de Concepción
                  del Uruguay; emplazada también en otras ciudades
                  del país.
 
 
                   Para finalizar y reiterando ese “de poeta a poeta” que caracteriza a los autores    
            líricos entrerrianos de valía – o de trascendencia-; (digo, el que otros poetas o   
escritores se ocupen de poetizar o escribir sobre su poesía),  lo hacen en la   edición póstuma: Carlos Guido y Spano (1827-1918), quien expresa: “Bien merece una lágrima fraterna / Quien derramara tantas en la vida, / De jardín en calvario convertida,/ Haciendo del dolor su musa eterna”.  Agrega Martín Coronado: “Cantó glorias, cantó amores, / Amarrado a su cadena, / Y fue la muerte serena / Su único lecho de flores” (Octubre de 1897). Se suma Fray Modesto Becco (1857-1913:
                                                                                                   Gervasio Méndez fue el poeta del dolor, cuya lira necesitó del sufrimiento para producir notas tan tiernas y sentimentales. La resignación fue la virtud que le acompañó en todas las horas amargas de su vida, esmaltando con lágrimas piadosas las bellas flores que cultivaron sus manos en los sublimes jardines de la poesía. ¡Pobre poeta, descansa en paz! y que los dulces cantos que produjeron las melancólicas cuerdas de tu arpa, vivan en perenne recuerdo en el corazón de los que te amaron, sirviendo de verde corona a tus sienes y de eternas siemprevivas a tu tumba” (Enero de 1898).
                   Agrega Luis Berisso:
                                        “Se ha dicho de este poeta que era un lamento vivo. Y, en efecto, lo era. Veintitrés años — casi la mitad de la vida — postrado en un mísero lecho, es algo tan horrible cuya sola idea desconcierta y espanta. La muerte, en este caso, es una resurrección. Gervasio Méndez, más que un poeta, fue un mártir. El dolor clavó en sus carnes la formidable garra: resignado soportó la enfermedad y la miseria, y sereno vio acercarse la muerte. Hizo versos, versos casi siempre amatorios, versos románticos, azucarados y melosos… (…) Probó, como Heine y Alfredo de Musset, los reveses de la suerte y el choque de los más negros infortunios, y apuró también la copa de los dolores acerbos. Pero ni Musset ni Heine experimentaron el suplicio horrendo de Méndez, de permanecer sepultado durante veintitrés años, por la parálisis, en un miserable tugurio! 
     Su memoria no será recordada, por lo tanto, como la de un verdadero poeta: No lo fue, y la verdad debe decirse siempre, por dura que sea, aún en presencia de las tumbas. 
     En cambio, el hombre es admirable; y puede servir de ejemplo a los que no tienen suficiente fuerza de carácter para soportar con valor las adversidades del destino y la miseria negra, que, como una fatalidad, parece cernirse sobre casi todas las cabezas privilegiadas. 
     Otro, en lugar suyo, harto de sufrimientos, convertido en un esqueleto viviente, desesperado y sin horizontes, habría acabado sus días en la locura o el suicidio. 
     Él se refugió en el Arte, y el Arte le salvó. Se agarró de la Poesía como a una única tabla de salvación. Y cuando alguna idea terrible, cruzando por su mente, anublaba la luz de su cerebro, se ponía a pulsar la lira, para olvidar penas y martirios, como hacía con su guitarra aquel legendario personaje de la leyenda argentina, el inspirado Santos Vega: 
‘Desde que nació cantor, / Hasta que murió cantando”  
     Escribe Rubén Darío – transcribimos algunos fragmentos-:
                                                                                                  “¡Gervasio Méndez! ¿Hay, pues, quienes recuerden aún al pobre poeta tullido, a quien la buena Muerte vino por fin a dar libertad y paz? 
  Yo no lo oí nunca. Cuando en los últimos días de su vida, algunos hombres de letras nos proponíamos  hacerle una visita, prólogo de alguna obra más práctica, un joven escritor, Miguel Escalada, me quitó el ánimo y la voluntad de ir a ver a aquel tristísimo Job. Pintóme de tal guisa la miseria y la amargura áspera de aquel desdichado, que me penetró por todos los poros de mi cuerpo y mi alma un horror profundo y doloroso; no quise, no pude ya verle. 
    Y, por último, ¿á qué ir á turbarle en su amargo reposo de semicadáver? Iba yo a ser Baldad, Súbita, o Elifaz, Hemanita? 
    Sé de Baldades y de Elifaces, que iban a visitar a Méndez con un saco de reflexiones y un buen par de alforjas de tardíos y apolillados consejos. 
    En cambio, sé de jóvenes poetas, almas frescas y primaverales, que llegaban amablemente a apagar un tanto la llama de dolor que ardía en aquella alma precita. 
   Mordido y amarrado por la enfermedad, tras años de demoníaco cautiverio, baldado y oprimido, oyendo en su miserable cárcel el canto del mundo alegre y feliz, no serían por cierto gozos y saludos los que brotarían de la boca del prisionero. 
   No tiene jamás razón de alzar el vuelo el murciélago de fuego de la blasfemia; pero Job maldice, en ciertos instantes, el día en que su madre le parió, y la hora y el momento en que vio la claridad del día. Por sus labios halla salida todo el fuego de su espantosa pena, en un remolino de palabras candentes: es la erupción verbal de las amarguras contenidas en el estrecho vaso del corazón. ¡Y Job blasfema! 
  Gervasio Méndez fue una especie de Heine, — en su relativa vida artística— condenado por la parálisis a morir cuando ha tiempo medio cuerpo era ya de la tierra; tal como el príncipe del cuento de las Mil y Una Noches, mitad piedra, mitad carne, flageladas a diario las espaldas sensibles, por una mala hembra. ¡Mala hembra y maga negra fue la suerte de ese poeta! Le dio vida larga cual con una delectación exquisita de ver prolongarse el padecer del mártir; hacía llegar a sus oídos los ecos de las fiestas mundanas y los triunfos de los otros. Él, poeta, habría hallado en la poesía su bálsamo, en el santo y generoso Arte! pero he ahí que se le olvidó en su rincón, en donde sus estrofas florecían de cuando en cuando pálidas y flojas, como nacidas en la sombra y en la miseria. Cuando murió Andrade, cuando iban a enterrar a Andrade, salió por la última vez de su cueva el pobre paralítico, le sacaron en su silla, le llevaron al cementerio, y su exangüe diestra flaca puso una vieja corona ganada en un certamen, en la tumba del lírico argentino. 
   Volvió a su encierro, en donde casi siempre su más fiel compañero fue la soledad. Aullaba su espíritu a la Muerte, en horas más negras que el corazón de la noche, y la Muerte no quería llegar. 
   Fue uno de los más crueles casos de esos poetas boleados por la ataxia, aherrojados por las ponzoñas de la sangre, o quebrantados por la parálisis. Baudelaire, entristece; Heine, da pena; Méndez, espanta. 
   Y su poesía, poca y modesta, adquiere un extraño valor, dorado tristemente por el reflejo de la palidez enfermiza y funesta de esa existencia crucificada. 
   Al exhumar lo que dejara enterrado en sepultura de olvido, aquel rimador quejoso, al sacar de su encierro esos versos muertos, para hacer con ellos una acción de bien, las jóvenes damas que inician tal empresa son dignas de una generosa ayuda. 
   Y quizá Méndez tenga, en su vida actual, ignorada y arcana, un alivio póstumo, al ver renacer de sus huesos esas melancólicas flores que él creía ya condenadas a la nada. 
   Luego, si las rimas del ex crucificado, víctima de su sino, que le diera martirio con la más bárbara de las transfixiones, producen semillas de alegría en un hogar sororal, si algo alivian, si en algo ayudan, si algo confortan, Méndez estará contento”. 
 
 
Bibliografía:
. ARA, Guillermo; “suma de la poesía argentina (1538-1968)”, Editorial “Guadalupe”, Buenos Aires, 1970.
. BISCHOFF, Efraín U.; “Itinerario de Gervasio Méndez”, Ed. Rumbos, Buenos Aires, 1941.
. CARIONI, José Marcos; “Rincón de los poetas”, Álvarez Hnos. y Cía., Buenos Aires, 1957.
. CHABRILLÓN, Andrés; “Gervasio Méndez”, “Tellvs” N° 6, Cuadernos Entrerrianos de Divulgación Cultural, Museo Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”, Paraná, Entre Ríos, 08.07.1948, pp. 3-4.
. GARCÍA MÉROU, Martín; “Recuerdos Literarios” – con introducción de Ricardo Monner Sanz-, La Cultura Argentina, Buenos Aires, 1916
. ROJAS, Ricardo; “Historia de la Literatura Argentina” (Ensayo filosófico sobre la Evolución de la Cultura en el Plata), Cuarta Parte, Los Modernos, T. VII, Ed. Losada, Buenos Aires, 1948.
. ROMERO, Horacio;  “Gervasio Méndez” de “Entre Ríos”, Talleres Gráficos Gutenberg, Gualeguaychú, Entre Ríos, 1953, pp. 50-51.
. PANIZZA, Delio; “Homenaje a Gervasio Méndez”, “Tellvs” N° 7, Cuadernos Entrerrianos de Divulgación Cultural, Museo Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”,  Nueva Impresora, Paraná, Entre Ríos, 08.08.1948, pp.  13-21.
. VÁZQUEZ, Aníbal S.; “Periódicos y periodistas de Entre Ríos”, Imprenta de la Provincia, Paraná, Entre Ríos, 1970.









[1] - CHABRILLÓN, Andrés; “Gervasio Méndez”, “Tellvs” N° 6, Cuadernos Entrerrianos de Divulgación Cultural, Museo Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizámón”, Paraná, Entre Ríos, 08.07.1948, pp. 3-4.
[2] - BERENGUER CARISOMO, Arturo; “San Martín y los poetas argentinos”, Buenos Aires, 1992.
[3] . RUIZ, Luis Alberto; “Gervasio Méndez” de “Entre Ríos Cantada”, Ediciones “Antonio Zamora”, Buenos Aires, 1955, pp. 21-24.
[4] - ROJAS, Ricardo; “Historia de la Literatura Argentina” (Ensayo filosófico sobre la Evolución de la Cultura en el Plata), Cuarta Parte, Los Modernos, T. VII, Ed. Losada, Buenos Aires, 1948, P. 342.
[5] . MÉNDEZ, Gervasio; “Poesías”, Ediciones de la Compañía Sudamericana, Buenos Aires, 1898.